
Observar la locura colectiva que se ha vivido este fin de semana en Gijón me ha hecho apreciar, aún más, a una afición que merece ser de primera. El recibimiento que en Asturias ha vivido David Villa ha sido ejemplar, con una ciudad entera entregada a su paisano más ilustre, el último gran prodigio salido de una cantera más que prolífica.
En ningún otro lugar de España creo que veré a cientos de personas agolpadas en la puerta de un hotel para ver un jugador o haciendo una cola kilométrica para conocerle en persona. Eso no hace sí no demostrar que en una sociedad donde el jugador que más destaca y más miradas atesora es el que más botas vende y más mechas se da, queda lugar para el culto al humilde, a un jugador que huye de los focos y que se centra en su profesión por encima de todo.
Un ídolo cercano que a buen seguro nunca olvidará lo vivido estos dos días, los de la vuelta a su casa. Aunque parecía cohibido y superado por todo lo que le rodeaba, bajo su gesto de seriedad estoy seguro que se escondía un sentimiento de orgullo y de emoción, una sensación que no pueden sustituir los miles de millones con los que le tienta media Europa.
Difícil es que el genio vuelva a su tierra para devolver sobre el césped el cariño que le ha prodigado la parroquia en su regreso, difícil al menos a diez años vista. Para entonces, si se cansa de pasear su calidad por el mundo, quizás recuerde aquél fin de semana de abril.
By Carlos Mateos (De paradinha)